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Hiberia Cuna Humanidad

Beato de Liebana

Capítulo I. EL APOCALIPSIS

Por Jorge Mª Ribero-Meneses Lázaro

- LA DESTRUCCIÓN DEL MUNDO PRIMIGENIO -

Hace alrededor de cincuenta mil años, una civilización con centenares de miles de años a sus espaldas, se vino repentinamente abajo. Responsable de ello, una catástrofe natural de colosales proporciones. Un terremoto y un diluvio aunados, presumiblemente auxiliados en su labor destructora por un maremoto.

Lo que hacía diferente este último cataclismo padecido por el mundo primigenio, de todos aquellos que le habían precedido, era su dimensión, su extraordinaria virulencia. Antes de él, los valles que circundaban a los montes "Asia", "Libia" y "Europa" -los tres macizos montañosos o "continentes" que configuraban el mundo primigenio-, se veían periódicamente anegados por ingentes avenidas de agua que devastaban cuanto hallaban a su paso, sembrando de muerte y de desolación aquellas tierras. Sin embargo, una vez remitía la furia de las aguas y las corrientes de los ríos volvían a la ortodoxia que les señalaban sus pedregosos cauces, la vida en todos aquellos valles renacía en todo su esplendor, espoleada, si cabe, por la extraordinaria humedad que la inundación pasada había dejado en las esponjosas y mullidas praderas de ese feracísimo rincón de la geografía de nuestro planeta.

Así se explica el que el hombre, aplicando sabiamente la exactitud de ese aserto castellano que pretende que "después de la tempestad viene la calma", olvidara en seguida las calamitosas consecuencias del revés que acababa de sufrir, y volviese de nuevo al que ha sido y será siempre el principal motor de su comportamiento: la lucha por la subsistencia. La conservadora lucha por la subsistencia.

De ahí el que la Humanidad, conservadora por naturaleza, olvidase pronto los estragos que regularmente le deparaba el solar ancestral de sus antepasados, y se aprestara a reemprender la marcha, obteniendo el máximo provecho posible de aquellas tierras que los dioses habían "seleccionado" cuidadosamente para ella.

Algunos individuos se marchaban, "desertaban" y no volvían jamás. Ciertamente. Pero eran los menos. Los más permanecían fieles a sus raíces. Fieles a sus tradiciones. Fieles a sus dioses.

Y es que el Paraíso era mucho mas que una montaña. Era la divinidad misma. Una divinidad protectora que tutelaba a los hombres que moraban en torno a ella y que velaba por su felicidad y supervivencia. Y también, claro está, una divinidad justiciera, una divinidad enjuiciadora de los comportamientos humanos, dispuesta a castigarlos con todo rigor en el momento en que el hombre transgredía, de manera grave, sus dictados y prescripciones. Los dictados de rectitud y de moralidad que la conciencia humana entendía habían sido establecidos por Dios.

Las catástrofes que periódicamente asolaban las tierras del mundo primigenio, no podían ser motivo de una deserción generalizada por parte de sus habitantes, en razón a que no tenían otro carácter que el de meros "ajustes de cuentas" de los dioses contra las desviaciones de los hombres. Ajustes de cuentas que el hombre encajaba "religiosamente", plenamente convencido de que se había hecho merecedor de ellos. Ahora bien, de ahí a que se rebelase contra la divinidad y a que llegase a renegar de ella y a buscar nuevas tierras de asentamiento, había un enorme trecho. Trecho que sólo algunos osados o descreídos -que siempre los ha habido "en la viña del Señor"- se atrevían a recorrer, con mejor o peor fortuna y convencidos, en cualquier caso, de que con ello se estaban haciendo merecedores de la maldición divina o, lo que es lo mismo, de que al desertar del Paraíso, estaban renunciando a la protección y el amparo que el cielo les procuraba en tanto permaneciesen en él.

Puede parecer infantil y hasta absurdo para la mentalidad del hombre contemporáneo, pero es un hecho que todo este "statu quo" religioso, urdido a base de remotísimas creencias y supersticiones, ha sido -junto con el originario carácter insular del Paraíso- el que ha determinado el que la Tierra haya permanecido virtualmente despoblada hasta épocas muy próximas a nosotros, habiéndose poblado tan sólo, de una manera definitiva, en el momento en que con la total destrucción del Edén, el hombre interpreta que su montaña sagrada, su propio Dios, había muerto.

El Paraíso había perecido, como habían perecido buena parte de sus pobladores, en el momento en que toda la meseta, la acrópolis que coronaba su cumbre -y que como documenta Platón custodiaban celosamente las milicias atenienses-, se vino literalmente abajo, enterrando a cuantos moraban en ella.

El cambio cualitativo es, pues, importante. No se trataba ya de un castigo divino. Eran los propios dioses quienes demostraban su fragilidad, al dejarse matar al mismo tiempo que los hombres. A partir de ese momento, ¿qué protección podía esperar el hombre de unas divinidades que habían dado tan elocuentes pruebas de debilidad? ¿Qué dioses eran ésos que resultaban tan vulnerables como los hombres?

Aquel era, incuestionablemente, ese "fin del mundo" que la Humanidad ha presentido siempre como algo próximo e inevitable.

Con ventaja sobre todos los diluvios y catástrofes conocidos y sufridos por el mundo primitivo, la destrucción de La Tierra originaria ha sido, sin la menor duda, el episodio más trascendental de toda la historia de la Humanidad. De no haber sido por ella, ¿quién sabe si nuestro planeta no permanecería todavía despoblado, como de hecho lo ha estado prácticamente hasta ayer mismo y por espacio de muchos millones de años?

Antes de la destrucción del mundo primigenio, la Humanidad fue una. Después de ella -tras el hundimiento de la "torre de Babel"-, la Humanidad se hizo varia, dispersa... e inevitablemente antagónica. Conservar la unidad y hasta una relativa armonía, resultaba posible en tanto que todos los hombres permanecían próximos unos a otros. Perpetuar esa unidad resultaba utópico, en el momento en que cada pueblo se desperdigaba en una dirección determinada, sentando las bases, en un espacio geográfico concreto, de lo que había de llegar a constituir la esencia de su identidad nacional, . de su singularidad ante y frente a todos los demás pueblos. Aquí y así nacían los nacionalismos. Aquí y así nacían la violencia y la insolidaridad que, desde entonces, han presidido los destinos de la Humanidad.

Recuérdese que antes del hundimiento de la "torre" de Babel, todos los pobladores de la "Tierra" (el mundo primigenio) hablaban una misma lengua. A raíz de esa catástrofe, sin embargo, los pueblos se escindieron, se dispersaron, y en ese mismo momento, al tiempo que se modela ron las distintas lenguas, se consumó el fraccionamiento de la especie humana.

La lengua es el principal vehículo de unión y, al mismo tiempo, el más enconado motivo de discordia. Hasta que un pueblo no posee una lengua propia, carece de verdadera identidad diferencial. Sin embargo, en el momento en que la posee, nace automáticamente en él la conciencia de su singularidad y su reticente o nula disposición a fundirse a otros pueblos.

Se comprenden bien los móviles netamente moralizantes que indujeron a la invención del esperanto y al intento ingenuo y utópico de llegar a implantado en todo el mundo. Sin embargo, una vez que la diferenciación se ha consagrado, una vez que la historia se ha hecho, cualquier empeño que pretenda reconstruir el sentimiento de unidad que un día alentó entre todos los seres humanos, resultará virtualmente imposible.

Nada de cuanto sucede, sucede en vano. y si la lengua se ha roto y la Humanidad se ha roto con ella, esa herida, supuesto que pueda llegar a cicatrizar, no lo hará sino al cabo de muchísimo tiempo. Y ello, claro está, partiendo del principio de que la herida no siga sangrando, abierta una y otra vez por nuevas disensiones, por renovados mo­tivos de discordia y de distanciamiento.

Así se viene escribiendo la Historia, desde que un diluvio y un terremoto aunados, dieron al traste con una civilización portentosa, con un mundo coherente y relativa­mente unido, que paradójicamente, estaba llamado a servir de germen, de imprevisto caldo de cultivo para esa civilización beligerante y "crispada" que hemos heredado.

El Paraíso se rompió y la Humanidad se rompió con él. Sólo en ese sentido puede hablarse, en puridad, del hundimiento de la Atlántida. Aquella Atlántida, aquel mundo, aquella Humanidad, se hundió para siempre. La otra, las tierras que la configuraban, renacerían tiempo después, una vez que las aguas consiguieron abrirse paso a través de las rocas que impedían su normal discurrir y que mantenían anegados, por ende, los valles del mundo primigenio.

Pero cuando eso sucedía, ya era demasiado tarde. Cuando eso ocurría, el hombre, desde hacía varias generaciones, se había establecido en otras montañas, en otras comarcas no demasiado distantes de su patria originaria. Había alumbrado nuevos mundos.

Facilitaba el "trasvase", la conciencia de que el mundo primigenio había desaparecido, de que la "Atlántida", "Sepharad"... el Paraíso, se había hundido para siempre. De que era imposible retornar a un mundo que había dejado de existir.

Se perdió el mundo primigenio, pero no se perdió la conciencia de su existencia. De ahí las milenarias peregrinaciones al norte de España por parte de todas las naciones europeas, tratando, en definitiva, de reencontrar la Historia perdida, el mundo y el tiempo perdidos.

De ahí, también, el que la mayor parte de los pueblos de la antigüedad, en un momento u otro, decidieran establecerse en la Península Ibérica, bien sea por vía de invasión, bien a través de una penetración pacífica. Y así, de esta guisa, la Península Ibérica volvería a convertirse en el mosaico racial que originariamente fue, acogiendo en su geografía a pueblos europeos, asiáticos, africanos y, a. la postre, incluso americanos, y recuperando de alguna manera la universalidad que perdiera un día.

El pueblo judío, dentro de ese universo racial que iba a llegar a modelar la Península Ibérica, se revelaría como el más apegado y fiel a sus raíces ancestral es. Y es que, en definitiva, "hebreos" lo fueron todos aquellos pueblos de la diáspora que siguió a la destrucción del mundo primigenio, que conservaron la conciencia de su ascendencia ibérica. Todas aquellas comunidades que, diseminadas por todo el planeta, siguieron mostrándose fieles a la memoria y a las tradiciones de aquel mundo primigenio que floreciera en el ámbito del Paraíso o Paradiso, de cierto macizo montañoso llamado Záfara o Zepharad.

Exactamente el mismo comportamiento mostrado por los sefardíes o "sepharadís", a raíz de la diáspora de 1492..

 

El estudio en profundidad de la mitología y de los más remotos testimonios conservados, relacionados con los primeros tiempos del mundo, nos han permitido reconstruir -en las líneas que sirven de introducción a este libro-, las que cabría considerar como líneas maestras de la secuencia vivida por la Humanidad desde su permanencia en el Paraíso, hasta su traumático alejamiento de éste a raíz de la total devastación que siguiera al Diluvio "Universal" y a la más trascendental de sus consecuencias: la desaparición o "hundimiento" de la Atlántida. En rigor, el anegamiento o inundación del mundo primigenio.

Una cosa es que una tierra se hunda y otra muy distinta que quede temporalmente anegada por las aguas, fenómeno este que parece haber sido el responsable del despoblamiento del Paraíso y de la dispersión de sus gentes, por mucho que algunas de ellas, parecen haber retornado, al cabo de no mucho tiempo, a sus lares originarios..., y llamo la atención del lector en cuanto a la enorme importancia de este término, en orden a la identificación de nuestra primera morada.

Si el Paraíso hubiera quedado deshabitado por espacio de varias generaciones, su toponimia primitiva se habría perdido irremisible y definitivamente, haciendo completamente imposible su ulterior identificación. No se pierda de vista, que el único camino fiable que conduce a la localización de la primera morada de los seres humanos, pasa precisamente por el reconocimiento de un macizo montañoso de una cierta envergadura, en el que confluyan todas las denominaciones con que el Jardín del Edén ha sido conocido por los diferentes pueblos de la antigüedad, así como los propios nombres de las divinidades adoradas por estos pueblos, y de los ríos, montes y poblaciones que consta existieron en ellos.

La búsqueda del Paraíso no es, pues, una tarea quimérica para la que se requiera ningún tipo de "iluminación" o inspiración especial. La búsqueda del Paraíso es, simplemente, una cuestión de intuición y de estudio.

Nos consta, pues, que el Paraíso, el mundo primigenio, no llegó jamás a verse totalmente despoblado. Lo que quiere decir que la inundación del Diluvio, aunque importante, no lo fue tanto como para que perecieran en ella la mayor parte de los seres humanos y, mucho menos aún, para que las elevadísimas cumbres de aquella "isla" quedasen enteramente sumergidas bajo las aguas. Nada de todo esto sucedió y, buena prueba de ello, el testimonio del Corán cuando afirma que el destierro de Adán del Paraíso fue sólo temporal y que, transcurrido cierto tiempo, Dios le otorgó su perdón.

Adán volvió al Edén, como regresó Noé al monte "Negro", "Baris" o "Cardán" (nombres indistintos del Paraíso), tras retirarse las aguas del Diluvio.

Para ser un hecho tan extraordinariamente importante y que tan decisivo papel había de jugar en el decurso de la historia de la Humanidad, resulta sorprendente que los pormenores de aquella catástrofe no hayan quedado recogidos en ningún texto literario importante, texto que, en buena ley, habría debido encontrar amplio eco entre las generaciones que siguieron a aquellos acontecimientos.

Es cierto que en dos de los Diálogos de Platón se recogen noticias inapreciables en relación con la destrucción de la Atlántida, pero no es menos cierto que los textos platónicos se limitan a hacerse eco de unos testimonios remotísimos, tutelados por los egipcios en sus templos.

¿Cómo justificar que unos hechos que habían tenido al Occidente por escenario, no dejen recuerdo alguno en este ámbito geográfico, perviviendo tan sólo su memoria en las lejanas tierras del oriente africano?

¿Es admisible que los hijos de los supervivientes de la destrucción del mundo primigenio, que conocían por sus mayores todos los pormenores de la misma y que en muchos casos la habrían padecido también, no reflejaran en ningún escrito todo cuanto sabían respecto a aquel hito crucial de la historia del género humano?

No podemos conformamos con el pretexto de que la transmisión del conocimiento se efectuara en el pasado de forma fundamentalmente oral, por cuanto nos consta -y vamos a referimos a ello precisamente en estas páginas­ que nuestros ancestros más remotos tuvieron sumo cuidado en dejar plasmadas en piedras, todas aquellas noticias que consideraron verdaderamente importantes, en relación con los primeros estadios del mundo.

Ha tenido que existir, pues, un relato de la destrucción del Paraíso que, consecuentemente con la universalidad de su temática, ha debido gozar de enorme popularidad -desde tiempos remotísimos- entre los pueblos de la Península Ibérica y, en un plano más amplio, del occidente de Europa. ¿Qué ha sido de ese relato? ¿En qué monumento literario conocido, puede rastrearse el contenido de aquella valiosísima descripción -¿perdida?- del fin del mundo primigenio?
La respuesta a todas estas preguntas, se encuentra en el libro del Apocalipsis, identificado hasta la fecha con unos acontecimientos vinculados al mundo futuro y cuyo enunciado no es, en realidad, sino uno de los más impresionantes registros históricos conservados por la Humanidad.

De la comparación del texto del libro del Apocalipsis, con la descripción de la destrucción de la Atlántida que hace Platón en sus Diálogos, se desprende de manera inequívoca e incontestable la evidencia de que se trata de dos Textos análogos, que hacen referencia a unos mismos sucesos históricos.

El Apocalipsis describe en efecto, y como se viene pretendiendo, el fin del mundo. Pero no el fin de nuestro planeta, del mundo en el sentido que hoy le otorgamos a este término, sino en un sentido mucho más arcaico y concreto: lo que el Apocalipsis refiere es la crónica minuciosa y fehaciente de la destrucción del Paraíso, del fin del mundo primigenio.

El hecho de que los seres humanos hayamos vivido siempre bajo la amenaza de esa suerte de "espada de Damocles" que constituye el temor a la destrucción de nuestro mundo, tiene muchísimo que ver con la circunstancia de que nuestros ancestros conocieran, en un tiempo remoto, el aniquilamiento de su mundo respectivo, viéndose exterminados muchos de ellos y forzados los supervivientes a establecerse en otros "mundos'" vecinos que les eran totalmente extraños. En otros "mundos"... o en otros "montes", desde el momento en que uno y otro término fueron, en su origen, absolutamente afines.

El mundo primigenio, el Paraíso, feneció, y la memoria de aquella catástrofe, debió quedar plasmada en un "libro" cuya confección parece haberse realizado en el ámbito de ese mismo mundo supuestamente perdido. Los primeros "ejemplares" de aquel texto, debieron imprimirse sobre piedras, supuesto que para entonces, no se hubiera generalizado ya entre nuestros antepasados, la costumbre de utilizar las Cortezas de los árboles -precedentes de los papiros­ para estos menesteres "literarios".

Sin embargo, y como ha sucedido con la Biblia y con casi todos los textos históricos de verdadera importancia, aquel libro eximio sobre la destrucción del Paraíso o de la Atlántida, ha debido ser objeto de multitud de copias escritas por "cronistas" posteriores, que fueron adaptando su contenido a la idiosincrasia y a la mentalidad de las épocas en las que tales transcripciones fueron gestándose.

En este sentido, no resulta difícil suponer que las sucesivas recreaciones que iban haciéndose del libro del Apocalipsis, eran cada vez más elaboradas y "barrocas", ganando en hermetismo en la medida en que se distanciaban, cronológica y geográficamente, del texto original.

La prueba de que las cosas no han debido suceder de forma muy distinta a como venimos suponiendo, la tenemos en el hecho de que el libro del Apocalipsis haya tenido escasísimo arraigo entre los pueblos de Oriente, varios de los cuales han cuestionado, reiteradamente, su autenticidad misma. No ha sucedido así, por el contrario, en Occidente, en donde este venerable y remotísimo texto ha gozado de un predicamento que supera con creces al que hayan podido merecer la propia Biblia y los Evangelios.

A raíz de la penetración islámica y de la reinterpretación cultural y religiosa que los españoles del siglo VIII y sucesivos debieron, sin duda, padecer, el libro del Apocalipsis cobra tal importancia que se convierte en el libro sagrado, por antonomasia, de los pueblos cristianos, efectuándose tal cantidad de copias del mismo, que a pesar de lo severamente castigados que se han visto los fondos bibliográficos en nuestro país, nada menos que treinta y dos manuscritos distintos del Libro, han llegado más o menos completos hasta nosotros. La mayor parte de esas obras fueron profusamente ilustradas, atribuyéndose a un monje de Liébana llamado "Beato", la autoría sobre la más antigua de todas ellas.

Nos estamos refiriendo, por consiguiente, a los popularmente conocidos como "Beatos de Liébana", cuya vinculación con esta antigua provincia cántabra no va más allá del hecho de que sus diferentes versiones, tengan como precedente próximo a los perdidos "Comentarios al libro del Apocalipsis" escritos por ese enigmático monje del monasterio de Santo Toribio de Liébana.

"¿A qué se debe -se pregunta Henri Stierlin- que la reproducción e ilustración del Apocalipsis, cautivase de ese modo a las gentes del tiempo de Beato y durante los siglos que siguieron? ¿Cómo es posible que entre finales del siglo VIII y el siglo XII, por no hablar de otras versiones tardías, esta obra haya constituido el núcleo principal de las bibliotecas conventuales y el tesoro de las iglesias españolas?"

En otro punto de su estudio consagrado a los Beatos, Stierlin afirma:
"El libro del Apocalipsis estuvo considerado en la época de la Reconquista, como el más sagrado y venerable de los textos cristianos. Si en el resto de Europa la obra más preciosa que podía tener un monasterio era el Evangelio, en España, en cambio, la preeminencia correspondió siempre al Apocalipsis, hasta el punto de que los estatutos de la comunidad, se guardaban entre las páginas de los manuscritos del Apocalipsis. y Beato escribía expresamente que el Apocalipsis es la clave de todos los libros".

Parece, pues, fuera de toda duda, que el Apocalipsis ha sido un libro español por antonomasia. O quizá deberíamos decir mejor, que ha sido el libro español por antonomasia. ¿Habría tenido tal arraigo entre nosotros, de no ser porque, efectivamente, recogía noticias y testimonios estrechamente vinculados a nuestro pasado?

No es casualidad que sea precisamente en España en donde se conservan los más importantes y valiosos manuscritos del Apocalipsis que existen en el mundo, como no es casualidad que sea igualmente el norte de España, la única zona del planeta en la que el recuerdo del fin del mundo primigenio, de la destrucción de la Atlántida, ha dejado una huella iconográfica imborrable.

Siendo como fue el denominado "Diluvio Universal", el responsable de la destrucción del Paraíso y de la Atlántida, ¿no resulta significativo que un arca de Noé aparezca, bellísimamente reproducida, entre las ilustraciones de los Beatos españoles? Si nos atenemos a la interpretación tradicional del libro del Apocalipsis, ¿qué tiene que ver el fin de nuestro planeta, de nuestro mundo, con unos suce­sos como los del Diluvio que pertenecen a los más remotos estadios de la Humanidad?

Si Noé aparece en las ilustraciones de los Apocalipsis españoles, no es por licencia arbitraria y gratuita de los autores de esas joyas bibliográficas que llamamos "Beatos", sino porque la leyenda del patriarca forma parte indisociable del conjunto de acontecimientos que precedieron y siguieron a la destrucción del Edén.

En algunas de las ilustraciones de los Beatos, vemos cómo los ángeles, actuando como meros instrumentos de la voluntad divina, lanzan la tempestad sobre la Tierra, ocasionando una terrible mortandad que aquellos excepcionales artistas medievales representan, mediante el dibujo de un buen número de hombres y de animales flotando o sumergidos bajo las aguas.

Más aún. En los propios Beatos, vemos reiteradamente reproducidos, esos tres montes principales o "continentes" que configuraban el mundo originario y cuyos tres nombres, que conocemos merced al testimonio de Teopompo de Chios, eran precisamente "Europa", "Libia" y "Asia". La coincidencia es impresionante y no tiene nada de casual, como vamos a conocer en seguida. Antes, sin embargo, merece la pena que destaquemos el hecho de que los tres montes o continentes en cuestión, sean representados - en los Beatos, antes y después del Diluvio. Antes de él, se nos muestran atestados de gente, extremo este que mal podría sorprendemos, cuando conocemos el problema de superpoblación que padeció el mundo primigenio. Fenómeno inevitable cuando se mantiene confinada a una especie determinada, en un espacio geográfico limitado.

Pues bien, después del Diluvio, las tres montañas antedichas aparecen desiertas y anegadas, además, por las aguas,
hasta una altura considerable.

Pero en la devastación de la Atlántida, confluyen, por lo menos, dos calamidades: un diluvio -que los Beatos registran reiteradamente, como decíamos - y un terrible seísmo que "desgajó" la cumbre del Paraíso, aquella Acrópolis en la que, como veremos, moraban los descendientes de Set, antepasados de los atenienses. Antepasados que perecerían en su casi totalidad, como reconoce Platón en sus Diálogos, fiel al testimonio de los egipcios.

No les pasó inadvertido a los autores de los Beatos, el detalle preciso respecto al desmoronamiento o "argayo" de la cumbre del Paraíso o del Atica, y ahí está, en una de sus ilustraciones y como cortada de cuajo, la cumbre de una montaña desplomándose íntegra sobre las tierras de su entorno y sobre sus pobladores. Entre estos últimos debieron encontrarse, sin duda, los míticos diez reyes de la Atlántida que, como viéramos en "La España olvidada", tan relevante papel desempeñan en la iconografía románica del norte de España y, sobre todo, en la de esa genealogía de la Corona de Castilla que aparece genialmente labrada en la portada del antiguo Colegio de San Gregorio de Valladolid.

Tampoco los diez reyes atlantes han sido omitidos en las ilustraciones de los Beatos, apareciendo pintados en los mismos, con atributos que no ofrecen lugar a dudas respecto a su condición regia.

Ningún detalle parece habérseles pasado por alto a aquellos prodigiosos miniaturistas medievales españoles, ni siquiera la representación cartográfica de aquel mundo, de cuya ruina estaban ofreciendo testimonio con sus pinturas.

La prueba rotunda de que existió un mundo previo al nuestro, cuya situación e idiosincrasia geográfica nada tenía que ver con las del mundo actual, nos la ofrecen las diversas versiones cartográficas de la Tierra originaria que encontramos entre los Beatos. La más importante y valiosa de todas ellas -fechada en el año 1086- es la que se conserva en la catedral del Burgo de Osma, y no tardará en llegar el día en que se conceptúe a esta obra, como a todos los Beatos en general, como uno de los más preciosos patrimonios de la Humanidad.

En todos esos sorprendentes mapas, que reproducen un modelo común, se observa cómo los tres "continentes" originarios -Asia, Europa y Libia- se encuentran situados, respectivamente, al norte, al suroeste y al sudeste, sin guardar relación alguna, por consiguiente, con la ubicación actual de todos ellos.

La Tierra primigenia aparece reproducida en los Beatos como una isla circular, regada por varios ríos principales que sirven de "fronteras" entre las tres regiones o "continentes" que la configuran. No existe, aparte de ellos, ningún tipo de divisoria entre las distintas naciones, por lo mismo que no guarda relación alguna la fisonomía de éstas con sus rasgos geográficos actuales. Grecia, Italia, Galia, Germania y "Spania" acaparan entre ellas el espacio geográfico europeo, confundidas unas con otras en el seno de ese ámbito común.

Aparte de las efigies de seis de los doce apóstoles, completan el espacio europeo en este supuesto "mapa mundi" del Apocalipsis del Burgo de Osma, las siluetas de cuatro catedrales y la de un faro. Por lo que se refiere a los templos, destaca con ventaja por sus dimensiones, el de Santiago, correspondiendo los otros tres a Constantinopla, Roma y Toledo. En cuanto al faro, no es preciso decido, es el gallego Faro de Hércules, al que vamos a referimos también en estas páginas.

Amén de las cuatro iglesias europeas, el autor del Beato del Burgo de Osma pinta otros dos grandes templos en Troya y en Antioquia, olvidándose por completo de Jerusalén y de otras importantes poblaciones asiáticas. Lo que quiere decir que dos de las seis iglesias que aparecen destacadas como las más importantes del orbe, son españolas, siendo la mayor de todas, como decíamos, la de Compostela. Una evidencia más, de que fue Compostela -y no Roma ni Jerusalén- el verdadero núcleo espiritual del mun­do antiguo, antes e incluso después del Imperio Romano.

Podría aducirse que semejante forma de reproducir el mundo no tenía nada que ver con el recuerdo del mundo primigenio y sí, por el contrario, con el hecho de que aquellos miniaturistas medievales españoles, no tuvieran la más leve noción respecto a cuál era y es el diseño geográfico de nuestro planeta. Tal hipótesis carece, sin embargo, de toda virtualidad, cuando nada menos que en el siglo II de nuestra era, Ptolomeo había elaborado un Atlas del mundo antiguo, en el que todas y cada una de las naciones asiáticas, europeas y africanas, aparecen minuciosa y rigurosamente descritas y dibujadas. Inútil decir, a la vista de la magna obra acometida y de la imposibilidad material de realizada en un mundo como el del principio de nuestra era, que Ptolomeo debió limitarse a compendiar o calcar otras cartas geográficas previas, que sin duda debían circular por el mundo antiguo desde que determinados pueblos protohistóricos se enseñoreasen del Mediterráneo y de todos los países de su entorno.

Habiendo sido el Atlas de Ptolomeo (o el modelo en el que éste se inspirase) el punto de referencia de toda la cartografía que se ha gestado en el mundo, prácticamente hasta el descubrimiento de América, parece claro que si los miniaturistas españoles se decantaron en sus" mapa mundi" por la versión insular y "reducida" del planeta, no es porque no supieran representarlo de otra forma, sino simplemente porque deseaban mantenerse fieles a una corriente cartográfica ajena totalmente a la visión moderna y realista del mundo adoptada por Ptolomeo. Dicho con otras palabras, a lo largo del primer milenio de nuestra era, coexistieron dos tradiciones cartográficas contrapuestas: la una, moderna, representaba el mundo tal cual es; la otra, arcaica, seguía representando el mundo como había sido antes de que el Apocalipsis del mundo primigenio, consumara la escisión y dispersión de todos los seres humanos.

De ahí el que los autores de los Beatos, que bebían en fuentes españolísimas, a la hora de describir con sus pinceles la idiosincrasia del Paraíso y los pormenores de su destrucción, no incurran en el despropósito de identificar ese mundo perdido con el mundo moderno y se decanten por la representación del mundo "a la antigua usanza". Una representación que conocían bien, por ser "moneda corriente" entre los españoles. No en vano era la plasmación de su primer mundo.

Así se comprende que sea precisamente en España en donde se han conservado las representaciones más valiosas, elaboradas y precisas de la Tierra primitiva que existen en el mundo.

Si el sentido del libro del Apocalipsis no fuera el que venimos describiendo, ¿qué lógica tendría que las ilustraciones hispanas del libro sagrado incluyeran una reproducción cartográfica del mundo, máxime cuando se trata de un mundo que no tiene nada que ver con el actual y muchísimo menos aún con el futuro?

¿Qué tienen que ver estos sorprendentes mapas, con la profética destrucción del mundo contemporáneo que, tal y como se viene dando por sentado, constituye la esencia del libro con el que, significativamente, se cierra la Biblia?

El significado del término griego "apocalipsis" es revelación. Sin embargo, ni éste es el valor originario de esta palabra, como vamos a ver en seguida, ni mucho menos alude a esa supuesta revelación recibida por San Juan, en relación con el fin de nuestro mundo. La mayor parte de los exégetas bíblicos parecen estar de acuerdo en que San Juan no tuvo nada que ver con la redacción de este texto.

La revelación a la que alude el significado griego de este término, tiene un sentido mucho más arcaico y entronca, precisamente, con la revelación con que supuestamente fuera distinguido Noé (por otros nombres "Jan o" o "Jauna")
con anterioridad al desencadenamiento del Diluvio Universal o "Apocalipsis". No se pierda de vista que fue precisamente "Calión" (Deu Calión) el nombre griego de Noé, así como que en el término "apocalipsis" se han fundido dos palabras distintas: "apo" y "calipto". El elocuente significado de esta última voz es, precisamente, ocultarse, desaparecer. Dos valores que entroncan con el vasco "kalitu", matar y que nos ayudan a reconstruir la verdadera identidad de este término fundamental. (1)

"Apo Calipto" o "Apo Calipsis" significa sencillamente: el fin, la destrucción o la expulsión de Calipso. Léase del
Paraíso. O de la Atlántida. De aquella isla Ogigia o Calipso en la que recalase Ulises y cuyo trágico fin ha quedado tan fielmente reflejado en el griego "kalipto" y en el vasco "kalitu".

Cuando sabemos -vamos a verlo en estas páginas- que las "Columnas" de Hércules fueron identificadas con el Paraíso o, si se prefiere, con la isla de Calipso, no puede sorprendemos en absoluto el que los antiguos españoles conocieran a aquellas "columnas" o "piedrones enhiestos" (Florián de Ocampo) con el nombre de calepas, tan afín a Calipso. De hecho, el nombre de una de aquellas míticas "columnas", era precisamente Calpe, derivado de Calepe o Calipe.
Pero no termina todo aquí, porque de ese "Calipe" o "Calpe" se derivaría "Carpe" y el nombre de "Carpetanos" que algunos autores documentan otorgó Túbal a los primeros pobladores de España, moradores de las riberas del Ebro.

Antepasados de aquellos españoles "Calipes" o "Carpes", fueron los míticos "cálibes" a los que se atribuye la muerte de Polifemo y a los que Justino localiza en tierras de la Península Ibérica...

La isla Calipso, la isla Atlántida, contiene en su propio nombre una de las claves principales que pueden llevarnos a desvelar el enigma del continente "desaparecido". Nótese, en efecto, que "calipto" no significa hundirse, sumergirse, ni nada parecido. "Calipto" se traduce, simplemente, por velar, ocultarse, cubrirse...

Así nacería el término "eclipse" (originariamente "ecalipse"), referido no a la desaparición de un astro, sino a su ocultamiento.

Y es que la isla Calipso, por otros nombres "Asteria" o "Estrella", se había "esfumado", se había eclipsado como por ensalmo, ya que no físicamente, sí por lo menos en la imaginación y en la memoria de los seres humanos que moraron en ella y que lograron sobrevivir a su hecatombe, a su apocalíptica destrucción.

"Apocalipsis": el fin de Calipso. Simplemente.
"Calipso": la oculta, la velada.

Todavía lo está, cuando han transcurrido varias decenas de miles de años de su apocalipsis.

Bienvenido/a a Nueva Tartessos

Tartessos es una simiente en nuestro corazón donde anida un

Conocimiento Primordial de la Antigua Tradición.

SÓLO el discípulo avanzado VERÁ ...

Donde otros sólo ven colinas,

él verá un Áureo Amanecer;

donde otros piedras, Conocimiento de Sí;

donde otros joyas, la Eterna prosperidad y subsistencia;

donde otros creen leyendas, él empezará a creer en sus Emociones;

y donde otros ven mentiras, el discípulo avanzado verá la Luz que Ilumina con Suavidad.

Que la búsqueda te sea fructífera, amigo mío,  mi hermano ...

"Para aquel que busca con sinceridad en el corazón,

para aquel que busca certezas en sus errores, ...

hallarás respuestas y contradicciones en estas páginas, ...

no te preocupes,

tanto el error como el acierto son partes de la misma Verdad".

Hay multitud de hallazgos arqueológicos y paleontropológicos

ocultados por los representantes de la "ciencia oficial",

representantes del Miedo y de la Impostura.

La Historia está llena de páginas ocultas

por el celo de los manipuladores.

El hombre es la creación más importante

y la mayor hazaña de ese incesante esfuerzo humano

cuyo registro llamamos historia.

Detrás de estas páginas hay una historia todavía no escrita.

Los seres humanos somos discípulos del acierto y,

a veces, actuamos como maestros del error.

Quien cierra sus oídos a la mentira no deja que entre la Verdad.

entra ...

En el país de Tartessos hay libertad y alegría ... (que nunca falte)

y felicidad (mucha) ... Y amigos ... (cada vez más)

Amada Madre Tartessos!!

Canalización y exaltación a la Gran Madre Eterna 

(Tartessos o AsTarte)

Soliman Or Tau - octubre de 2003

Me llama la Madre Tartessos, tantas veces llamada.

Busqué en el horizonte lejano, fui allende el desierto,

mas allá de los mares, busque en la India recóndita,

en los altos Himalayas, pero ¡ay!, no busqué dentro de Mi ...

Fue un olor ligero, como de azahar y tierra mojada,

me acordé de algo, ... y de pronto supe que eras Tu. 

Como pude tenerte sin reconocerte, cuantas veces camine tus playas,

cuantas veces sacudí tus bosques, cuantas veces agite tus aguas,

tan ciego estuve, tan ignorante e inconsciente ...

Muy sutil para cogerte, tan fuerte como para no sentirte, ...

ahora no Te dejaré.

tus Campanas y tus Voces,

aunque todavía enterradas y sucias,

pronto brillaran con Luz pura y etérea belleza.

Tantos años dormiste Madre, que tus hijos ya no Te recordábamos.

A las puertas del Mundo estamos, ante Ti proclamamos Tu Gloria. 

Tartessos, recuerdo de Cultura Primigenia,

de Hogar primero, de una soledad no buscada,

de desencuentro y alejamiento.

Que nostalgia Madre Tartessos tengo.

Aquellos días, tanta unidad, tantas razas, tantas riquezas, tanta ...

Ven Madre, estamos preparados para Hallarte ...

Palabras Sanadoras del Dalai Lama:

Nunca te rindas

No importa lo que esté sucediendo

Nunca te rindas

Desarrolla el corazón

Demasiada energía se gasta desarrollando la mente

en lugar del corazón
Sé compasivo
Trabaja por la paz
y lo digo de nuevo
Nunca te rindas
No importa lo que esté sucediendo
No importa lo que esté pasando a tu alrededor
Nunca te rindas.