LA ESCRITURA NACIÓ EN CANTABRIA,

MÁS DE 30.000 AÑOS ANTES QUE EN MESOPOTAMIA

RIVERO MENESES    PRINCIPAL

            Jorge Mª Rivero-Meneses

LA ESCRITURA NACIÓ EN CANTABRIA

 

La primera sílaba del lenguaje         

 

Aunque un segmento del trazo izquierdo de la A del amuleto de El Castillo aparece parcialmente borrado, el hecho de que la incisión llegue hasta el borde mismo del triángulo, prueba que la letra fue grabada completa (fig. 15). De todos modos y si no hubiera sido así, seguiríamos estando ante la representación de una A. Porque en la escritura ibérica y por mor de la pérdida de ese mismo trazo izquierdo, nos encontramos con letras A que se asemejan a un 4 ligeramente inclinado. De hecho, el número 4 es una A mayúscula privada del tramo final de su trazo izquierdo.

 

En otro orden de cosas, el hecho de que la línea horizontal que divide la A en dos mitades, rebase el trazo derecho, no sólo es común en el diseño del número 4 sino que encontramos A con esas mismas características en la escritura ibérica. Las personas interesadas en efectuar esta verificación, podrán comprobarlo en las inscripciones de Bemsafrim y de la Piedra de la freguezía de Ourique.

 

La A del amuleto triangular de El Castillo, en suma, es una A perfectamente homologada y plenamente integrada en el contexto cultural ibérico. Tanto, que podría pasar por una letra de la escritura ibérica..., si no fuera porque es algo así como ¡35.000 años! más vieja que sus modernísimas descendientes. ¡Qué antigüedad no tendrá el lenguaje humano, por consiguiente, cuando vemos que hace ya 40.000 años existían letras perfectamente configuradas y que han permanecido invariables hasta nuestros días?

 

Sin duda no existían todas las letras que hoy conocemos cuando la A de El Castillo fue grabada, pero no abrigo ni la menor duda de que el alfabeto que conocían los habitantes de Kantabria hace 40 ó 50 mil años, tenía ya decenas de miles de años de antigüedad. No es, pues, la primera palabra de la Historia la que he descubierto. Es una más de las muchas que sin duda ya habían sido escritas con anterioridad a ella. Futuros hallazgos lo irán confirmando.

 

En el único esquema filológico que acompaña a estas páginas (fig. 16), fruto de mis investigaciones para reconstruir la forma como se produjo el nacimiento del lenguaje, destaco los fonemos A y B como primogénitos del lenguaje humano. Y, junto a ellos y habiendo seguido una evolución distinta a la de vocales y consonantes, señalo a la conjunción de las vocales I + A como la raíz de varias consonantes que de ellas se han originado. En seguida conoceremos la trascendencia de este hecho, aunque antes de seguir adelante, considero obligado decir que el esquema en cuestión -que he mantenido en secreto por espacio de veinte años- constituye el cimiento mismo de la ciencia filológica. Sin ese esquema, sin conocer la forma como han evolucionado los sonidos o fonemas y, por ende, las letras que los representan, no hay Filología posible. Hay, sí, especulaciones, cabildeos y elucubraciones acerca del lenguaje, pero no hay Ciencia merecedora de tal nombre. Porque, ¿cómo podemos construir una ciencia, sin dotarla previamente de un método y de un sistematismo sólidos? Nunca me ha entrado ni me entrará en la cabeza cómo los lingüistas han podido consagrar sus vidas al estudio del lenguaje, sin haberse planteado la necesidad de construir un esquema como el que, por vez primera, aparece reproducido junto a estas líneas. Esquema que, insisto, es el primero de su género. Jamás se ha elaborado otro análogo o remotamente semejante. Nada. Y quiero dejar constancia de que el esquema que aquí presento es el primero elaborado por mí, pero no el definitivo. En el definitivo, que publicaré en su día, he incorporado algunas variantes, no sustantivas, pero sí significativas.

 

La Filología, como tal ciencia, ha nacido con el que he denominado Esquema de la derivación de las consonantes. Sin él, la Filología es -y nunca mejor dicho-pura palabrería. Con él, la Filología es ciencia. Una ciencia que nos permite reconstruir la forma como ha nacido y evolucionado el lenguaje humano y que, además, nos ayuda a saber qué idiomas son más antiguos que otros y, por ende, qué pueblos se han derivado de otros. De donde resulta que merced al esquema aquí reproducido, la Filología puede recorrer, respecto a las palabras, un camino de investigación similar al que la Genética recorre merced al estudio del ADN. Con la particularidad de que las conclusiones de la primera resultan ser tanto o más incontrovertibles que las que aporta la segunda. Por eso y gracias a que he logrado construir ese esquema, sé con absoluta certeza que la lengua latina es la más moderna de las lenguas romances. Y del acierto rotundo de esa conclusión, da fe el hecho de que los estudios del ADN hayan probado que todos los Italianos proceden del Norte de España. De donde se desprende que si los habitantes de la Península Itálica eran originarios de la Península Ibérica, su lengua había de compartir, por fuerza, esa misma filiación. Lo que permite entender, al fin, el porqué de que los escritores latinos manifiesten que la lengua hablada por los legionarios romanos era muy afín a la hablada por los pueblos ibéricos, salvedad hecha de Kántabros y Baskos...

 

No es éste el momento de comentar en profundidad el alcance del Esquema de las consonantes, pero resultaba obligado hacer alusión a él, porque la palabra que aparece grabada en el amuleto de El Castillo resulta ser la misma que hace más de diez años, cuando se dibujó mi esquema por vez primera, aparece ya como raíz de las consonantes ll, y, j, l, n, r... De donde resulta que si hacia el año 1991 yo proponía al fonema IA como crucial en la génesis del lenguaje humano, en el año 2004 he venido a descubrir la primera palabra conocida y documentada hasta el presente, siendo esa palabra exactamente la misma: IA. Y no cabe truco ni artimaña posible, porque en 1991 no se había descubierto -ni, por ende, publicado- el amuleto triangular de El Castillo, siendo mi hallazgo filológico anterior en casi tres lustros al hallazgo arqueológico que me ha permitido revalidar una de las premisas fundamentales de mi esquema.

 

De mis investigaciones sobre el nacimiento del habla se desprende que el primer sonido articulado por el ser humano fue ba. Y que la primera palabra compleja, bisilábica, fue balla = baya. Por agregación de ba + ia. Pues bien, la palabra que vemos reproducida en el triángulo de El Castillo es IA, pronunciada de este modo o con cualquiera de sus equivalentes: YA..., LLA..., JA... o GA. Porque debemos partir del principio axiomático de que la proliferación de sonidos y, por consiguiente, de letras, del lenguaje que hoy conocemos, es extraordinariamente moderna. Si retrocediéramos en el tiempo, iríamos viendo cómo fonemas y letras se reducen, hasta quedar reducidas a la mínima expresión ya señalada: ba / ya / baya... Es, pues, absolutamente indiferente que pronunciemos ya / ia / lla / ja. Es indiferente, porque los matices de articulación que existen entre unos y otros sonidos son mínimos, casi imperceptibles. Y, además, relativamente modernos. Quiero decir con ello, que las palabras que hoy empiezan con esas raíces -ya- / lla- / ja-- son derivaciones de otras voces más antiguas en las que no existía esta multiplicidad. De donde resulta que todas esas palabras, nacidas de la misma, comparten significados análogos como denominaciones que son de la vulva y vagina de la mujer. Y..., ¡cómo olvidar, a este respecto, las prodigiosas representaciones de éstas que encontramos en algunas cuevas cantábricas! Recuerdo ahora la bóveda de Chufín, con una impresionante vagina labrada y pintada en la roca con escalofriante fidelidad (fig. 20).

 

Siendo el órgano genital femenino -por diversos motivos- la mayor de las obsesiones del ser humano (y me refiero no solamente a los hombres sino también a las mujeres), cae por su propio peso que las primeras palabras del lenguaje hubieron de estar relacionadas con él. Así lo dicta el sentido común y así lo establecen las conclusiones de mis estudios sobre el origen del habla. Porque, justamente porque fue ba la primera palabra articulada por el ser humano, seguimos utilizando las siguientes palabras para referirnos al sexo de la mujer:

 

Ba = Va  >  válbula  -  vulva  -  vagina  -  barba (vello de la vulva)  -  baba (flujo de la balba o vulba)

 

Pero no es BA sino YA en mi opinión, la palabra monosilábica que aparece grabada en el triángulo de El Castillo. Podría ser BA, porque una de las versiones de la b en la antigua escritura ibérica fue un palote similar al que vemos grabado delante de la A. Pero tengo por evidente que en este caso estamos ante el fonema YA = JA = LA, ejerciendo como palabra monosilábica para designar a la bulba femenina. Es decir, para designar al mismo concepto al que ya designa y define el triángulo en el que la palabra YA = JA aparece representada. Que esto es lo que hace aplastante e incontrovertible todo este asunto: el autor de este amuleto labró un triángulo como símbolo de la bulba femenina y, no satisfecho con ello, grabó en él la palabra con la que se designaba a ésta. Con la que se designaba... y, de hecho, sigue designándose. Porque son legión en todas las lenguas las palabras derivadas de ya- / lla- / ia- / ja- / ga- referidas al sexo femenino y/o a la propia actividad sexual. De donde se deduce que para corroborar cuanto estoy afirmando, no tenemos necesidad de remitirnos a lenguas antiquísimas o a idiomas hablados hoy en regiones remotas. Nos basta con dirigir la mirada hacia nuestro propio entorno idiomático, para descubrir términos como eyacular... ¿Qué es eyacular? Pues, lisa y llanamente, depositar el semen en la vagina femenina. Bagina o vagina a la que, sin la más mínima duda, se conoció otrora como yaga = yaka = yako = yaja = yaya. Y de ahí que sea yaya el nombre catalán de las abuelas, como homenaje a la mujer en cuya matriz tiene su raíz una estirpe familiar... De ahí el nombre castellano de las llagas, como aberturas en la piel que recuerdan enormemente a la abertura de la bulba... De ahí el verbo llegar, virtual sinónimo de acceder y de entrar... De ahí la palabra yugo y el concepto de uncir, porque lo que el yugo representa es la unión de dos seres; y de ahí el yugo conyugal, con repetición de una misma palabra que significa exactamente lo mismo: la fusión de dos cuerpos merced a la penetración del miembro viril masculino en la bulba femenina... De ahí el verbo ayuntar y el concepto originario de ayuntamiento o de yunta... De ahí también, como veíamos, el verbo eyacular... Y de ahí, en fin, el verbo yacer, que no significa acostarse para dormir, sino acostarse para eyacular. Y la homonimia yacer = eyacular hace innecesarios todos los comentarios.

 

Yacer es el genuino término castellano para referirse al hecho de hacer el amor, copular, tener conyugio, fornicar, joder... Obsérvese, un nuevo derivado de ja-. El propio término hacer que aún sigue vigente en la locución hacer el amor, es un derivado de yacer. Porque la consonante h suple siempre a una consonante perdida. Y es que la acción por antonomasia es la fornicación, concepto este al que todavía seguimos designando como el acto sexual...

 

¡Ay el antiquísimo nombre del ojal femenino...!

 

Algo tiene que ver cuanto acabo de desvelar con el nombre del mítico Patrón de España, pero no es éste el momento de entrar en ese asunto. Como tampoco podemos extendernos ahora en recorrer todos los términos baskos surgidos de la radical ya- = ja- y cuyo significado tiene un carácter sagrado. Empezando por Jainkoa ( = Dios). O jayera (devoción).  O jaurestu (adorar). Adorar... ¿a quién? A la divinidad, por supuesto, pero antes que a ella y por encima de ella, al órgano genital femenino. Aquel al que recuerdan las palabras baskas: jaio (nacer), jario (flujo), jarian (manar), jator (fértil), jatorri (genealogía, origen, linaje...). ¿Comprendemos ahora cuál es el verdadero origen de la palabra castellana joya, configurada a partir de la misma repetición del nombre de la vagina femenina: ya + ya > yaya  =  joya?

 

Me honra haber sido el primer filólogo en descubrir que las dos lenguas del planeta que comparten con el euskera el título de lenguas más puras entre cuantas existen, son, por este orden, la ketxwa y la kaló. Una lengua americana y otra de origen hasta ahora incierto pero que, como he probado ya hasta la saciedad, es de cuño inconfundiblemente cantábrico. Bien, pues esto es lo que la lengua hablada por los Jitanos españoles nos dice respecto al asunto que nos ocupa:

 

janrelle,        órgano genital

jañí,               nacimiento de agua, caño

jañike,           caño de cualquier líquido

jaria,              pierna (jeria)

jan,                 fuente  =  juan

jaramar,      chupar

jarana,          recreo, diversión

jalar,              amar, querer, hacer el amor (jelar)

jallipí,            deseo, apetito carnal

jalenar,         enamorar

ja,                 amor, atracción, deseo (jelí)

 

jabe,               agujero

jabillar,         penetrar

jibilen,           pozo

yeskue,          ano

jastarí,           receptáculo

 

yake,              lumbre, fuego

yagule,          fuego

yakuno,         verano

jacha,             calor = llama

jar,                  calor

 

Cuando estamos probando que ja = ya ha sido una de las más remotas denominaciones del órgano genital femenino, la abrumadora relación de términos kalós que acabo de reproducir, hace innecesario cualquier comentario adicional...

 

He dicho que en todas las lenguas de la Tierra podríamos descubrir voces derivadas de ya- / ja- cuyos significados tengan que ver con el sexo de la mujer y, para demostrarlo, voy a remitirme a una enormemente alejada del contexto cultural ibérico: la lengua ketxwa hablada por el pueblo Inka. Una lengua americana, pues, en la que debido al total aislamiento en que se mantuvo América hasta hace sólo cinco siglos, no cabe la posibilidad de vislumbrar o de maliciar influencias como las que podrían sospecharse entre lenguas habladas en un mismo contexto geográfico. Ninguna relación ha existido entre América y Europa a lo largo, como mínimo, de 15.000 años, y un hecho como el que paso a comentar a continuación, supone la confirmación rotunda del origen ibérico de la población indígena americana, así como de todas las lenguas autóctonas habladas por ella. Júzguese, si no.

 

Para empezar y como la bulba o yaka es la puerta del cuerpo de la mujer, la lengua kechwa denomina yaikuna a las puertas y utiliza el verbo yaikuy como equivalente de nuestro penetrar. Por otra parte y al igual que ha sucedido en el euskera, el habla andina identifica al agua con los fluidos que manan de la bulba: yaku es el nombre del agua y, en general, de jugos y fluidos. Por otra parte, yarjai es el paralelo del castellano hambre, relacionados ambos con el apetito sexual. Creo que nadie ha caído en la cuenta de que la homonimia de los términos hambre - hembra - hombre está proclamando a gritos que el hambre por antonomasia no es la del estómago..., sino la que produce la apetencia sexual desmedida. Y la prueba colosal de ello nos la proporciona la palabra siguiente, porque cuando ya había quedado escrito cuanto antecede, el diccionario de kechwa ha dejado petrificado al autor de estas líneas, al poner ante él la palabra yajuy = yojuy: unirse sexualmente la mujer y el hombre. Relea el lector los últimos párrafos... y juzgue por sí mismo. Relea y verá que acabo de deducir que ha sido yaja uno de los más viejos términos para designar a la bulba de la mujer y, por extensión, al conyugio entre hombre y mujer... Consecuentemente, los antiguos Inkas denominaron yayas a las madres o dueñas, habiéndose aplicado este mismo término, ya modernamente, a padres y amos... Pero nuestro asombro no ha hecho más que empezar a manifestarse, porque siempre a partir de la misma radical ya que designara al sexo de la mujer, vemos cómo los antiguos Inkas denominaron yuma = juma al semen masculino y, por extensión, yumay a los verbos engendrar, fornicar y eyacular... Por otra parte y como la menstruación convierte al sexo femenino en manantial de sangre, la propia lengua ketxwa denomina yawar y yukyu (ya al cuadrado) a la sangre... Y yuriy al verbo nacer y, consecuentemente, yuyai  la vida...¡Nada menos! Aunque lo más asombroso y que debería darnos muchísimo que pensar, es el hecho de que yuyai signifique también pensamiento, juicio, razón... O yachai, el saber... Como vemos, el conocimiento y la racionalidad estrechamente vinculados a la bulba y a la bagina femenina... ¡Monumental!

 

Si nos remitimos a la raíz ja-, paralela de ya-, todo lo que descubrimos no tiene, tampoco, desperdicio. Para empezar y por razones obvias, jacha (sucio)... O jajoy (sobar, magrear), por razones no menos evidentes (recuérdese: yajuy = copular)... O jalay (desnudarse) y, a continuación, jalaiway (echarse al suelo)...  O jalla (angosto, estrecho)... O jallai (el principio, lo primero)... O japu (blando, suave, mullido)... O jasiak (mujer embarazada)... O jasju (labio partido)... O jaspa (vello rizado o crespo)... O jaukay (holgar)... O joya (reina, diosa)... O jutju (agujero)... O jucha (pecado). Sin comentarios.

 

O, en fin, y para desbordar nuestro asombro, jallu (lengua, idioma). De donde resulta que no es sólo la razón la que se vincula al sexo de la mujer, sino también el propio lenguaje. Algo que por otra parte corrobora la lengua kaló, al denominar lao a la palabra. Y huelga decir que la sílaba la es una deformación de ya = lla...

 

Siempre en la lengua ketxwa y al hilo de cuanto ha quedado escrito en estas páginas respecto al papel atribuido a las ánades en el nacimiento de la vida, yuku es el nombre kechwa del cisne...

 

Después de conocer cuanto antece, ¿nos cabe ya la más leve sombra de duda respecto al origen cantábrico de los pueblos que, como ahora empieza a confirmarse arqueológicamente, colonizaron América hace más de 20.000 años? ¿Nos cabe alguna duda de que las gentes que moraban en Kantabria hace 40.000 años y una de las cuales labró y grabó el amuleto de El Castillo, eran los abuelos de los primeros colonizadores de América? ¿Nos cabe la más mínima duda respecto al origen común de todas las lenguas y de todos los seres humanos?

 

Inmejorable ocasión esta para recordar a mi más directo predecesor. Esto es lo que Julio Cejador escribe en Ibérica:  El estudio comparado fue siempre madre de los hallazgos. La comparación es madre de los inventos científicos y en particular de la lingüística y del desciframiento de inscripciones.

 

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