TARTESSOS

 
                                                     

TARTESSOS Y EUROPA

 

  Miguel Romero Esteo

 

 

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20. De la conexión del famosísimo Agamenón con los tartesios e imperiales asuntos

Ya lo que viene todo este pálpito, y que no se detiene. Y es a que dentro de todo el asunto de los pueblos del mar vienen incluidos los aqueos proto-griegos, micénicos o no micénicos, y lo recalcan los especialistas del tema, y aquí ya y fugazmente el asunto asomó. O sea, los homéricos aqueos. y con el enigmático Agamenón como caudillo -el nombre no es griego, o al menos no lo parece- en la versión homérica. Y que muy ahogado en familiares asuntos de alcoba, en tiempos de la Grecia clásica, en la versión central del asunto a manos de los dramaturgos poetas. Dejándonos del Agamenón de ficción, entrando en el personaje histórico sumergido en el personaje literario, pues el dato que el geógrafo Dionisio el Perigeta recogió de alguna de su fuentes o de alguno de sus informativos viajes, siglo II antes de Cristo: que del Mediterráneo llevó el famoso Agamenón un ejército de griegos -se supone que aqueos- al Mar Negro, y concretamente al Cáucaso. Con lo que los pueblos del mar incluidos tangencialmente en el asunto, en tanto que muy camaradas navegantes de los aqueos proto-griegos, o al menos según documentos egipcios del tal siglo XIII antes de Cristo.

 

O no tangencialmente incluidos si tenemos en cuenta que en la versión homérica con respecto al famosísimo asunto de la famosísima guerra de Troya -incluido el hecho histórico que le subyace- Agamenón está al frente de una gran confederación de heterogéneas etnias y navegantes, incluidas unas cuantas etnias griegas más o menos algo homogéneas. Y cada una de ellas pues aportando su étnica flota de naves, a modo de que pues una flota nacional. Lo que, y en la misma época o siglo que lo de los pueblos del mar con sus confederaciones de flotas de naves de guerra, pues o remite o parece remitir hacia que la agamenónica flota confederativa es una más de las confederaciones de flotas en el asunto de los pueblos del mar y sus percances. Y aparte queda todo lo literario que se le echó encima al asunto, vía el genial Hornero, y vía sus varios epígonos en el tema; y que pues literariamente insertándolo en el asunto de alcoba, para placer y complacer a una amplia clientela. Y no menos insertándolo en mucho el colorido griego, y pues para lo mismo, complacer, y al que le plazca, pues que le complazca.


Pero por otra parte, no menos Dionisio el Perigeta recoge -y es el gran geógrafo del siglo II antes de Cristo, o cosa parecida- que el más auténtico nombre del gran caudillo Agamenón, o su más auténtico sobrenombre, fue el de Apistíada. Que desde el sufijo griego -ada remite hacia que o vinculado o fervoroso de un enigmático Apisti. O que no tan enigmático. Y en principio el asunto pues remite al dios-toro Apis, llegado a Egipto desde no se sabe dónde, que no era egipcio ni de nacimiento ni de crianza. Y que borrosamente vinculado a lo del gran dios Ammón, el gran Zeus. Claro que, como éste con respecto al subyacente hecho histórico, o muy protohistórico más bien, remitiría a casi unos mil quinientos años antes, y como lo del dios-toro Apis o dios-buey para los egipcios -que capaban a todos sus toros cuando éstos eran o jovenzuelos terneros o novillos- pues resulta asunto del más o menos tal siglo XIII, pues la borrosa relación Apis-Ammón hay que apuntársela acaso a un más bien Apis-Annón. O remitírsela luego al caudillo Agamenón en tanto que un apistíada y con un más o menos disimulado Annón -y no Ammón- metido en su nombre de Agamenón. Que, desde esta perspectiva, un más o menos Aga-ama-Annón con el Aga pues en demasiado paralelo con el arga del tartesio rey Argantonio unos cuantos siglos después. Y en demasiado paralelo como para que el tal asunto pudiera ser meramente casual. Especialmente si teniendo en cuenta que lo del Annón pues vinculado viene a la Península Ibérica con lo de la descomunal empresa imperial del karkedonio y borrosamente hispano Annón en lo del circunnavegar oceánicamente el inmenso continente africano desde el estrecho de Gibraltar al egipcio-arábigo Mar Rojo, e irle colocando una interminable serie de portuarias mini-colonias como puertos de escala y aguada para subsiguientes circunnavegaciones, que luego ya pues de ida y vuelta, me supongo. Y lo del ama pues para significar caudillo en las hispano-georgianas lenguas.


Y por otra parte, vinculado el gran Agamenón a un gran Apisti, previo o no previo, pues no sólo remite hacia el finalmente egipcio dios-toro Apis, o dios-buey, sino que, y no menos, al Abidis o mecánica variante fonética del Apisti, y al menor descuido. Especialmente si teniendo en cuenta que el hispano y mediterráneo gran rey Habis o Abis, y Abidis, kyneto y tartesio, y según recogió Trogo Pompeyo, estaba vinculado al agrariamente revolucionario asunto de capar a los toros, convertirlos en bueyes, y uncirlos a un arado -de mucho mayor fuste y reja que el superficialmente hundido en tierra si tirado por un par de mulas, y éste propio de arar pequeñas áreas de tierra blanda- y ponerlos a trabajar. O especie de gran delito en esta ibérica península en la que, desde el Paleolítico final, desde el adorar al bisonte búfalo como tótem y tabú o cosa parecida, y cuando comidos ya todos los bisontes, pues se pasó a lo adorar al toro y comérselo en filetes y churrascos religiosamente. O al menos adorar al toro bravo, y así hasta hoy. Y qué de rancios tradicionalismos camperos, que vienen de muy lejos en el túnel de los tiempos, tiene esta pálida península tan áspera y tan cáscara. Tan máscara. O tan cascada, más bien. Oh sí, la pálida península lo mismo que una impávida ínsula de obscuros los amores, de largos los dolores, y largos los galgos, y amargos los hidalgos. La vida.


O en suma, que mientras el grueso de los pueblos del mar está euro-occidentalizando a placer todas las costas del Mediterráneo oriental, y tanto si europeas como si asiáticas o como si africanas, pues que otro grueso de no menos los pueblos del mar se lo lleva borrosamente el gran Agamenón a euro-occidentalizar todas las costas de ese inmenso gran lago euro-oriental que es el Mar Negro. O volviendo al hilo del asunto, pues que revolucionario lo de arar y labrar los campos con arado tirado por capados toros convertidos en bueyes porque implica el arar grandes extensiones de terreno, y ararlas en profundidad, con surcos más profundos, y más gruesa y grande la reja de hierro -o no sé si todavía de bronce- arremetiéndose en la tierra. De paso, no se sabe de dónde se origina el hierro -asoma con los proto-griegos dorios en el Mediterráneo oriental, a caballo entre el siglo X y el siglo XI en los tales muy pre-cristianos tiempos pero algunos prehistoriadores especialistas del tema remiten a que del hierro indicios hay -óxidos residuales del hierro y arqueológicamente detectados- en los muy metalurgos millarenses del año 3400 a.C. en el mediterráneo sureste hispano, en las ahora andaluzas tierras de Almería, los metalurgos del gran esplendor. En fin, que lo del tal arado ya con bueyes y como invento pues implica inmensas cosechas de trigo, prosperidad para las tales sociedades agrarias, espantar al fantasma de la hambruna, y etcétera. Así que pues resulta bien lógico el que al tal buey labrador se lo elevara a la categoría de dios, el dios-buey Apis, más que el dios-toro Apis. Y que el tal nombre funcionaría de sobrenombre o apodo para el kyneto-tartesio e imperial gran rey Abis o Apis. O más bien, al revés que el buey­dios o toro-dios funcionara como emblemático del gran Abis. Que, y el asunto lo recoge el historiador Trago Pompeyo en tiempos en torno al nacimiento de Cristo, pues elevó el nivel de alimentación de sus súbditos con alimentos más refinados, y que no meramente ya agrestes y bárbaros. Lo cual concuerda con lo de inmensos trigales, e implica igualmente legum­bres y regadíos, cultivos hortelanos.


Y por otra parte, y siguiendo del perfil que con unos cuantos rasgos definitorios Trogo Pompeyo nos da del gran Abis o Habis, pues está lo de que fabulosas expediciones y que hay que suponen descomunales despliegues militares tanto si navegantes como si de viajeras andaduras. Y lo de
fabulosas pues en plan de que prácticamente como si increíbles -como especie de fantasías para las indocumentadas gentes- y que con respecto a llegar hasta remotos países muy lejanos. También, que a sus súbditos les prohibió los trabajos serviles, lo que implica el importar poblaciones de esclavos, tanto si ibero-peninsulares como si africanos. Y en el tal perfil, un gran dato-clave: que dividió a la población de su reino entre siete urbes y es literal dato que ha venido siendo intragable para los protohistoriadores metidos en tartesios asuntos. y unos pues se lo han interpretado en que dividió a la población en siete clases o estamentos sociales. Y otros, en que a la capital aldea de su más o menos algo aldeano reino pues que se la dividió en siete barrios o distritos. Mi opinión es que, con lo del extender su reino hasta países muy lejanos, o al menos echar ramales -ejércitos, flotillas de naves, etcétera­ que llegaran hasta geográficamente remotos ámbitos, pues que lo de las siete urbes hay que entenderlo muy literalmente. O sea, siete grandes ciudades. Portuarias, me supongo. O en otras palabras, que la administración de sus territorios la distribuyó político-administrativamente entre siete grandes urbes. Lo cual se corresponde con la sugerente desmesura de todos los demás datos en el tal definitorio perfil. Y yo estoy en que el gran puerto natural de la Mastia de los tartesios en el mediterráneo sureste hispano -una muy cerrada bahía que continuada hacia tierra adentro por tres lagunetas-puertos intercomunicadas, ideal para albergar descomunales flotas de naves- pues o entra o parece entrar en el tal asunto. Lo dicho, que con muy buen ojo los cartagineses eligieron a Mastia para convertirla en su cartaginesa gran capital hispana. O en menos palabras: Cartagena. Posiblemente esto es lo que pudiera estar en la trasera con respecto al coordinado ataque naval de los euro-occidentales pueblos del mar a Egipto a mitad del tal siglo XIII muy previo a Cristo.


Y que coincide con la aproximativa cronología que se le ha venido echando al hecho histórico que subyace en lo del homérico Agamenón y su famosísima guerra de Troya. No menos la aproximativa cronología que se le ha venido echando al asunto del escapar de Egipto los hebreos. Y que va unido al asunto de forjar luego y hebreamente el famosísimo becerro de oro o pequeño toro de oro. Y que pequeño porque, arrebañando oro por entre todos los escapados no hubo oro para más, y que descartado quedaba un gran toro de oro. O no sé si un gran buey de oro más bien. Que el asunto parece perfectamente conectado con el religioso culto al dios-buey Apis en el Egipto del que escapan. Pero no menos perfectamente conectable al asunto del buey o toro capado como filón de inmensas riquezas agrícolas, filón de oro en la práctica. O los bueyes valorativamente a nivel del oro. Asoma el nombre de hebreos en una inscripción egipcia de hacia tiempos en los que el primer gran ataque naval coordinado de los euro­occidentales pueblos del mar contra Egipto. Y lo dicho, pues incluidos los tartesios en el asunto. Aquí habría que traer que, en los pueblos de semítica lengua en la palestina zona y que previos a los invasores filisteos y no menos previos a los igualmente invasores hebreos, y me refiero a los bíblicamente idumeos, amorreos, etcétera, lo de iberes significa Oeste, gentes occidentales. O gentes más bien muy euro­occidentales, en el caso que nos ocupa.

 

También la hebrea palabra seferim significa occidentales, pero del extremo oeste mediterráneo, y metido en el asunto lo de Sefarad para nombrar a la Península Ibérica. En paralelo con lo de que los sepires son los ibero-caucásicos albanos, hermanos lingüístico­culturales de los khaunzaq avares y alvares, y también everes. O sea, iberos kunetos o kynetos en su ibero-peninsular y pre-caucásica fase. Y de lo que, y de su sespires como variante, quedó lo de la región Zephirat -y los Sephires montes- para el extremo oeste ibero-peninsular, el oceánico suroeste hispano, tierra de los kunetes, y que el extremo suroeste europeo. Largándole hilo, si otro el sufijo metido en el asunto, a unos correspondientes sisphanes que asoman de siphones para-tartesios y muy legendarios. O sea, el oceánico Tyfón y sus tifones. O espeso el asunto. O en suma, los muy euro-occidentales proto-hispanos, y se los mire por donde se los mire.


Pero lo cierto es que al kyneto-tartesio gran rey Abis, y en lo de kyneto pues van unos más o menos khaunzaq pre­caucásicamente, ya se lo elevó en vida a la condición de gran dios, y Trogo Pompeyo recoge el asunto. O sea, el gran dios Abis de oro. O emblemáticamente el gran dios-toro de oro. O sea, el gran dios-buey, en metáfora popular. O en fin, que el borrosamente demasiado imperial gran Abis sólo es kyneto­tartesio de nacimiento y de primera infancia. Pero que, de crianza, y luego reino y reinado, era de una tierra y reino colindante. A la que llegó de niño, y huyendo de que su kyneto­tartesio padre -el gran Gárgoris- que se lo quería asesinar. Todo parece indicar que el tal reino colindante era o el de los oceánicos kuneto-tartesios o karkedonios en la Karkedonia gallega -asunto Annón metido en el lote- o el de los kuneto­tartesios proto-gaditanos, en las proto-tartesias tierras del ya algo remoto gran rey-gigante Gerión. O en tierras que ya con muchísima andadura civilizatoria encima desde los proto­tartesios, algo más de unos mil años, y que con muchísimos territorios colineros o llanos de mucho el arar y mucho el labrar. O sea, las ahora andaluzas tierras de Sevilla, Jerez, y hasta Écija y Córdoba. Esto del trasmigrar de reino el gran Abis lo recoge igualmente el ibero-transpirenaico Trogo Pompeyo. Claro que, y antes de seguir adelante, pues tampoco habría que olvidar que el asunto de la religión del fuego a orillas de Jerez, en el tartersio-gaditano templo del gran Hércules, y en los terminales tartesios algo ya post-tartesios, y con los terminales kunetes por allí al Iado, o post-kunetes ya más bien, pues enlaza con lo de los kunetes ya caucásicos o khaunzaq con su no menos religión del fuego, y tanto si everes y avares como si sespires y albanos. Pero sin tampoco olvidar, y valga de erudición en el asunto, que hordas guerreras de los tales evero-iberos albanos formaron ejército al servicio de los visigodos, terminaron de invasores alanos en la Península Ibérica, e integrados escolarmente en lo de los bárbaros del norte: suevos, vándalos, alanos, godos, y visigodos. Sólo que los alanos pues del norte nada, sino que más bien pues volviendo a su originario hogar, y así como quien no quiere la cosa.


Y por otra parte, lo de la religión del fuego pues en la mediterráneo costa asiática bien metido el asunto en lo del anicónico dios Saipón, el Abba-Eli, el Baal Saipón que recibía culto en el costero y famoso monte Carmelo, la frontera entre de un lado los libaneses cananeos y de otro lado los dan o denio y luego los hebreos. También recibía culto en el no menos costero y famoso gran monte Kasio, -el ahora Yebal Aqra- en el finalmente turco-asiático rincón nordeste del Mediterráneo oriental, con la isla de Chipre por allí por delante. Lo de anicónico significa que dios muy estrictamente espiritual, sin encarnado en ningún tipo de imagen de forma humana. O los anicónicos templos tan vacíos de imágenes, sin esculturas ni de dioses ni de diosas. O en fin, un anicónico dios saipón y saipano, con nombre que demasiado homófono con lo de poenes y con lo de hispanos. Y probablemente en la base de que a los muy posteriores cananeos los arcaicos griegas los denominaran phoinikes o más bien phoinikoi si bien mirado. O sea, les siguieron llamando lo que se les llamaba previamente a las kunetas gentes -la etimológicamente konia Biblos está un poco más abajo en la tal siria costa- y con sus saipónicos asuntos de la religión del fuego. Con la que tiene mucho que ver el dios Eli de los proto-hebreos arameos en la tal costa, y que al menos pues lingüísticamente proto­hebreos. O no menos mucho que ver el gran dios Eli de los hebreos. O al menos en mi opinión. Especialmente, si teniendo en cuenta que la descripción que hay del anicónico templo de los terminales tartesio-gaditanos, el famoso templo de Hércules, se corresponde demasiado -arquitectónicamente­ con la que en la Biblia asoma con respecto -siglo X a.e. el asunto- al famoso templo salomónico y hebreo en Jerusalem. Acaso los cananeos arquitectos -y como que algo tartesoides- se tomaron como modelo al anicónico templo del monte Carmelo, y cuyas raíces pues venían del otro extremo del Mediterráneo. Sea lo que sea, lo cierto es que el asunto ha venido intrigando a los ingleses protohistoriadores del Mediterráneo. Y en su libro Spain at the dawn of History el arqueólogo inglés Harrison lo trae a colación. Incluyendo un aproximativo dibujo del tal anicónico templo que simultáneamente hispano y hebreo. Y que es de lo más parecido a una alargada e hispano-visigoda basílica de no muy alto el tejado y ventanucos mínimos. Un obscuro y olimpo salón para una religión del fuego. O ulunpe salón, y vasco el ulunpe.


Pero a lo que íbamos. Y es que no hay forma de saber si el borroso y euro-occidental oceánico que parece esconderse -y valga la hipótesis- en lo del homérico Agamenón, es un más o menos apestiada bastante imperial en el sentido de que fervoroso del dios-toro Apis. O si en el sentido de más bien un sucesor en la línea dinástica del rey Abis. O si meramente un continuador de los fabulosos imperialeos del previo gran Abis. Con el hecho histórico que subyacer pudiera en lo de la gran flota agamenónica contra la famosa Ilión de la famosísima guerra de Troya, pues remitiéndolo a que el tyrio y turio Agamenón, turso en suma, tartesio en definitiva, y desde los proto-griegos tartesios y oceánicos y asentándolos en tierras murcianas -de ahí las muy arcaicas inscripciones griegas por allí, o el nombre muy griego de río Theodoros para el ahora río Segura- pues que los lanza luego contra la Turoya del proto-valenciano río Turia, y hasta incluso más arriba -la Tartissa que ahora y finalmente la catalana Tortosa- contra los tártanos o dárdanos litorales y proto-catalanes.

 

Pudiera haber bastante probabilidad -las grandes ciudades portuarias nunca mueren- de que una ibérica Iliona, o ibárike Iliona, fuera la Iliona real del no menos real substrato de la Ilión dárdana en la famosísima y homérica guerra de Troya. Y una ibárike Iliona con nombre que más o menos un Barikelona, y que finalmente Barcelona, y así pues hasta hoy. Lo de que la fundaran los cartagineses y le pusieran un nombre indígena pues resulta demasiado. O como que resulta pues que muy difícil de tragar. O en fin, que el gran Agamenón y el karkedonio gran Annón o son lo mismo o lo parecen. A veces las apariencias engañan. Pero mayormente, pues que no. Y con el gran Abis o Habidis pues más bien encajando en el afro­circunnavegante Ulises -o Lysas- que también Dionisos desde las ibero-peninsulares y proto-gaélicas lenguas. Que en los imperiales conjuntos heteróclitos y varias las lenguas, cada lengua le arrimaba a un gran caudillo un diverso nombre o apodo. O que con el Agamenón remitiendo a un vascoide aga-men-on si es que no un Aga-maino o más bien un Aga­maneo. Y que de la tal Ilión lo de la llíada homérica. y así el asunto.
 

 

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